ANTONIO BURGOS | EL RECUADRO


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Juanillo el de los Muertos

En los pueblos andaluces no hace falta escarbar en las heridas del tiempo ni en la tierra de las cunetas de las carreteras para encontrarse con las fosas de la memoria. Con todas las fosas de la memoria, de los dos lados, ¿eh?, de esta España fratricida. Los muros de la patria mía se cimientan con mezcla amasada con sangre. La sangre que corre por las venas de mi mujer amasó esos muros, ahora felizmente de concordia, sobre los que debemos escribir las palabras solemnes y pontificales de don Manuel Azaña más que ponernos a ahondar en heridas cerradas: paz, piedad, perdón.
En Lora del Río conocí un día, hace ya más de cuarenta años, al hijo de un fusilado por los nacionales. Entonces aquello no se podía decir. Era como si aquel loreño Juan Cervera Rueda, el que estaba casado con Asunción Sanchís Jiménez, hubiera muerto enfermo del pecho. Del pecho de la defensa de la justicia y las libertades. Pechos de viudas que luego tanto tuvieron que sufrir en días de mantones negros. Como aquel negro mantón con que Asunción Sanchís iba por Lora, ganándose la vida para sacar a sus hijos adelante. Tres añillos tenía Juan cuando lo del 36, y Asunción le dio de comer y lo vistió como pudo, hasta que al chiquillo, que hubiera sido tan buen estudiante, que tenía tan buena letra, que le gustaban tanto los libros, lo tuvo que sacar de la escuela para ponerlo a trabajar.

A Juanillo Cervera Sanchís, al hijo del fusilado, le buscó su madre trabajo cobrando por las casas las cuotas del seguro de defunción de El Ocaso. Los que en la muerte habían tenido todas las fatiguitas negras, en la muerte encontraban la esperanza de vivir. Juanillo iba por Lora con su cartera de los recibos, y siempre la misma voz lo recibía por las casas:

-- ¡Niña, prepara el dinero, que está ahí Juanillo el de los Muertos!

Lo que no sabía la gente en Lora es que por detrás de esos recibos, Juanillo escribía versos. Juanillo había tenido las desgracias que les ocurren a los chiquillos pobres de los pueblos. Un accidente en un brazo, que se lo habían curado mal y que tenía como zopo. Bajo el sobaco del brazo zopo, aguantaba Juan la carterilla de los recibos y escribía versos. Lo conocí entonces. Ya había empezado a ser Juan Cervera Sanchís. El poeta de Lora. Un Miguel Hernández con pañuelo de la romería de Setefilla. Un Eladio Cabañero a la orilla del Guadalquivir. Un poeta del pueblo, autodidacta, sobrado en el dominio de las formas y de los sentimientos. Había publicado ya un libro en Cádiz y otro en Jerez, Le publiqué otro en nuestra juvenil colección "Río del Sur". "De par en par" se llamaba. Libro como las puertas de su casa de Lora, con toda la vida, con todo el dolor, con toda la esperanza dentro. A Juanillo lo querían en Lora y estaban encantados con que ya fuera Juan Cervera Sanchís, del que hablaban las revistas de poesía. Un día le dieron un homenaje en el Ayuntamiento y fuimos todos los que escribíamos prosa o verso en aquella Sevilla de Alfonso Grosso y de Manolo Barrios. Luego supimos que Juan se había ido a México, en un galeón de versos, con un sueño literario que en la Nueva España cumplió el poeta de la Vieja Andalucía.

Juan Cervera, ahora, será bronce de estatua en su pueblo. El domingo inauguran en Lora su monumento. Aquel Juan Cervera Rueda, el fusilado, quizá muriera pensando qué iba a ser de su chiquillo. Sin fosas de la memoria, en la plaza común de la concordia, su tierra hace justicia a aquel Juanillo que veía venir la muerte cuando cobraba los recibos de El Ocaso y que ahora, ya para siempre, verá venir la vida en un bronce, bajo unos pájaros que cantan.